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Si, yo había acabado con ella. Yo había acabado con la bella luz  que emanaba de cada centímetro de su piel, la había desterrado al mundo de las tinieblas y del encierro, a un ser que no merecía esta clase de tortura. ¿ Pero cómo podía evitarlo?  Tenía que ocultarla del mundo y protegerla, sí, protegerla porque un ángel no merece ser tocada sino adorada. Adorada como el ser magnífico que era. Mi dulce Simone, mi celestial Simone. 

- ¿ Estás bien Marco?
- Si, estoy bien, Carmen. Es otra pesadilla 

Por esta época comenzaba el martirio mental. El recordatorio cada noche de lo que había sucedido: ese invernal diciembre en París, aquella tarde en la mansión Ange.

- No te preocupes Carmen, iré a tomar un poco de agua y ya regreso a la cama.
- Prométeme que mañana irás donde el sicólogo.
- Lo prometo.

Carmen era maravillosa;  su cabello negro noche contrastaba con sus labios carnosos y rojos como las manzanas. Su alegría espontánea y las seductoras formas de su cuerpo le dieron a mi alma la paz que buscaba por la ausencia del ser de la luz que había dejado en la mansión. Sin embargo no era suficiente, las pesadillas continuaban a pesar de encontrarme en otro continente. Cómo agradecía al Dios de los cielos que me hubiera permitido huir a México, encontrado un trabajo en la pintura,  mi pasión,  y haberme encontrado con Carmen.
Esta nueva vida era agradable, la casa no despertaba sensaciones que me recordaran el anterior sitio en el que vivía; esta casa era moderna, con escaleras metálicas, formas geométricas y colores vivos en cada habitación. Y al igual que la casa, Carmen  tampoco me recordaba Simone. Carmen es apasionada, vivaz y sensual; poseía cierto fuego que la hace muy deseable pero ese fuego no se comparaba con la luz de Simone, pero cual mujer se podría comparar con un dulce ángel de cabellos rojizos. Ninguna en realidad, ninguna mujer podría, porque Simone pertenecía al cielo. Y lamentablemente yo la había regresado ahí.
Desde hace dos años que vivía en México; me había adaptado rápidamente al estilo de vida agitado de la capital y me sentía muy feliz con mi trabajo como profesor de pintura en el Instituto de arte y cultura. Yo pensé que todo este cambio me ayudaría a olvidar la tragedia a la que yo mismo había dado inicio; que superaría el sacrilegio tan grande que había cometido al dejarla morir en mis brazos. Las pesadillas comenzaron por esos mismos días de diciembre, a pesar de la ausencia de nieve, el frío atroz era suficiente recordatorio.

- ¿ Qué le sirvo, señor?
- Un café bien cargado por favor.
- ¿ Algo más?

Le di un vistazo a la mesera que atendía y leí su gafete.

- Sabes que si Carmen, no puedo evitar notar que eres muy hermosa. Verás, soy profesor del Instituto de Arte que queda  a unas cuantas cuadras de aquí y siempre necesitamos modelos. ¿Te interesa?
- Sí, sé de cual Instituto habla. Pero usted no pensará que aceptaré así de repente sin conocer mejor el profesor y lo que voy hacer.

Y con esas palabras finales, la invité a mi casa después de que ella terminara su turno en la cafetería. Desde ese entonces Carmen siempre se ha encontrado ahí en mi casa, en mi cama pero jamás en mi corazón.
El primer mes que estuvimos juntos, en esas épocas festivas navideñas, cada noche, me despertaba en sudor y lamentos. Obviamente no le pude ocultar las pesadillas a Carmen, aún así ella fue muy comprensiva y escuchó la historia o parte de lo que quería contarle.
Carmen me buscó un sicólogo para que me ayudara, en realidad nadie me podría ayudar a superarlo, pero para tranquilizarla decidí darle una oportunidad al loquero.
Cada martes por la tarde asistía al consultorio del Doctor Gutiérrez, y comenzaba mi juego: evitar contar lo que más podía acerca de Simone.

- Señor  Massen; porque no me cuenta qué lo trajo aquí.
- Mi novia, por cierto ¿cómo la conoce?
- Es amiga de mi familia, pero Señor Massen, por favor, no me evada cuénteme que motivo lo trajo a mi consultorio.
- Está bien Doctor, sin evasivas le contaré mi historia, pero usted me prometerá que no le dirá nada a Carmen ¿cierto?
- Así es, confíe en mí.

Y así iniciaron mis sesiones con el sicólogo, era otro juego para mí. No le contaba la verdad completa. Qué pensaría sí le dijera que me había enamorado de un ser sobrenatural. De una enviada de Dios.

- Sabe, yo soy pintor y gracias a mi arte conocí a mi esposa.
- ¿ Que le pasó a ella?
- Murió en mis brazos. Un robo en la mansión donde vivíamos en París.- siempre decía eso para encubrir lo que de verdad había sucedido.
- Debió ser muy doloroso para usted, por favor, continúe.

Y así seguí esa tarde, contándole mi vida al sicólogo, evadiendo partes comprometedoras y a veces diciendo la verdad. Algo que si era cierto era que gracias a mi amor a retratar paisajes había conocido a Simone. Fue  en tiempos navideños, en la ciudad luz de Francia, donde los colores le proporcionaban un ambiente más festivo y los olores de los alimentos, abrían el apetito del más resabiado.
Yo deseaba alejarme  de todos esos colores, alejarme de la gente y el bullicio. Deseaba pasar mis días pintando. Deseaba alejarme de la familia a la cual había desafiado por estudiar arte y dejar la tradición de seguir la vocación de  la medicina. Mi madre, bondadosa como siempre me proporciono las llaves de la mansión que hace tanto tiempo pertenecían a su familia y me deseo un buen viaje.
La Mansión Ange quedaba a las afueras de París; había otras mansiones alrededor, las cuales quedaban ocultas por el follaje cubierto de una fina capa de nieve debido a la época. La mansión Ange  era un lugar finamente construido; grande y elegante. Los doscientos años, todavía no la habían deteriorado. Cada pared bellamente tapizada poseía todavía el característico aroma de los ricos de la época victoriana de París. La biblioteca era un recinto para el lector más ávido y el sabio en ascenso. Las habitaciones eran dignas de un rey, la mansión era perfecta, para beber del ánfora de la inspiración y crear arte.
Llegué a la mansión, tiré la maleta en la sala, tomé mis pinceles y lienzo, un poco de coñac en un  termo y me dirige al lago Noir Desir, el cual quedaba a unos cuantos metros de la mansión.
Dios, ¡cómo me encantaba este lugar! No creía en la magia  y cuentos de hadas en la vida, pero ese día mi perspectiva cambió, una persona la cambió.
Jajá- escuché una risa proveniente del lago e iba aumentado mientras más me acercaba.
Al llegar me detuve para observar mejor, lo que mi mente no podía creer. Frente a mí, estaba la mujer más hermosa y perfecta que hubiera conocido. Ella patinaba en el lago congelado, su cabello rojo y largo parecían alas, a su encantadora piel blanca volaba la escarcha que levantaba con el filo de sus patines  y sus ojos azules revelaban inocencia; sí pura inocencia.
- Es  propiedad privada- hablé fuertemente. -Este lago  pertenece a la mansión donde vivo. 
La mujer de cabellos rojos se  detuvo y me dio una mirada de niña regañada.
- -y-yo lo ss-siento- me arrepentí de haberle hablado así, tal vez la asusté.
- Lo siento, mi nana me lo advirtió pero no me pude resistir a este mágico sitio y simplemente me colé- me respondió con más seguridad.
- ¿ Nana? ¿ Mágico?- enarque una ceja por la respuesta tan infantil de la joven.
Sus mejillas se cubrieron con un adorable rubor; pobre criatura, la había apenado.
- Si, tengo una nana y no pude resistir a este mágico lago; me enfatizó las palabras con enfado.
Adoré la sensación que había provocado en ella.
- Ahora es mi turno de disculparme; Soy Marco Massen, un gusto conocerla.
- Simone Ginsell- extendió su mano con timidez hacia la mía.
Que dulce calidez emanaba de su palma y esa esencia; ¿qué era? Que fragante aroma.
- Fresas- respondí en un suspiro.
- Estábamos haciendo mermelada el día de hoy por... – bajó su mirada y se quedo callada.
- ¿ Porqué estaba haciendo mermelada? – quería saber porque había omitido el motivo en su respuesta.
- Se acerca mi cumpleaños número dieciocho y me encantan las  fresas.
Quede estupefacto; Simone no aparentaba los dieciocho. Su cara y cuerpo daban la ilusión de una mujer mayor, más experimentada; sin embargo eran sus ojos los que la volvían una infanta, sus profundos ojos zafiro. 
- ¿ Tienes dieciocho?
- No, todavía
- Te dejaré patinar; como regalo de cumpleaños. Yo, lo único que quiero es pintarte-¿por qué le había dicho eso?
- Esta bien, me parece justo.
Simone siguió patinando, mientras yo recreaba en mi lienzo a  la criatura que había robado mi corazón, ¿lo había robado? Creo que el coñac se me subió a la cabeza.
El tiempo se convirtió en un concepto y esa misma noche supe el motivo: con Simone no sentía ni las horas ni los minutos.
- Es tarde, me tengo que ir.
Su voz cantarina me distrajo de mi lienzo.
- ¿ Tarde?
- Es medianoche y mi nana está ahí esperándome.
Simone tenía razón, era tarde y su nana no tenía cara de seguir aguardando por ella.
- Gracias- me sonrió.
- Fue un placer- le devolví la sonrisa.
Y se marchó con su regordeta nana.


- Así fue como conocí a mi esposa.
- El tiempo se convirtió en un concepto, que profundas palabras, Señor Massen.
El Doctor Gutiérrez parecía acabado de despertar de un sueño. Pero quien no lo parecía; hablar de Simone envolvía a todo aquél que escuchara en un surrealista sueño. Ella era irreal, mágica.
- ¿ Quiere agregar algo más?
- No, eso es todo.
- Esta bien, continuaremos con nuestra charla en la próxima sesión.
- Gracias doctor.


Si, había muchas cosas que agregar  y decir. Lo que nadie sabía a excepción de mi madre era que no me conformé con solo verla aquella vez, tenía que verla saber más de ella, hasta mi subconsciente me lo pedía a gritos; esa noche soñé un deseo que el corazón estaba empezando a idealizar: Estábamos en el lago  y esta vez abrazaba a Simone como si mi vida dependiera de ello.
Me vestí casualmente, no bebí coñac esta vez, por lo general era mi elixir del valor, tomé el lienzo que pinté anoche   y me dirigí a la Mansión Ginsell.
Me sentía tan emocionado como un niño en la mañana de navidad, irónicamente ese día lo era.
La Mansión Ginsell  no se encontraba muy lejos y no tuve ni si quiera que entrar para saber de Simone; ahí afuera estaba su regordeta nana apunto de salir a pasear con  un bello labrador dorado.

- Disculpe ¿se encontrará Simone?
La nana me miro con ¿desprecio?  Ni siquiera me conocía, por qué me sentía  tan odiado por esta mujer.

- La señorita Ginsell partió a la capital muy temprano con su madre; amaneció con una terrible fiebre. Todos en la casa suponemos que fue por haber salido tan tarde anoche sin un abrigo  al lago y se resfrió.

Qué dolor sentía en este momento en el pecho; no estaba, ansiaba verla con todo mi ser.

- ¿ La han llevado a algún hospital?
- Sí - y con  esa respuesta se dio la vuelta y me ignoró.

Esa misma mañana empaqué mis pertenencias y me fui a París, necesitaba encontrarla. Estaba realmente preocupado y sin tener información acerca del hospital en donde  estaba ingresada, me decidí por lo más seguro encontrar su residencia en París y aguardar hasta que ella llegara.  No fue muy difícil hallar su hogar, la familia Ginsell era conocida por ser los mayores litigantes del país. 

Pasaron dos días y todavía ella no aparecía, vigilaba su casa desde el amanecer hasta el crepúsculo.
Simone ¿dónde estás? Mis plegarias fueron contestadas al tercer día. Simone salía de la casa con un adorable vestido de colegiala; una falda azul con pliegues bien planchados; subida unos cuantos centímetros de lo permitido; medias de lana hasta la rodilla; un abrigo Channel que combinaba con su uniforme y una boina que la hacía lucir tan inocente como  esa noche en el lago.
La seguí: En qué clase de acosador  me había vuelto, qué poder ejercía en mí esta colegiala de la cual solo conocía su nombre.
Estudiaba en el colegio St. Joan, al frente del  colegio se hallaba una cafetería. Tenía que hablarle, no me podía  marchar.
Dieron las seis de la tarde y esperé pacientemente; la vi salir del colegio riendo con un montón de amigas y luego ella me vio, se despidió de sus amigas y se dirigió a donde estaba.

- Esto no es propiedad privada.
- Ya me disculpé por mi actitud esa noche
- Sí, lo sé. Señor  Massen ¿acaso me estaba esperando?

Simone no se andaba con rodeos, otra cosa más para ¿enamorarme?
Sí, enamorarme eso era lo que  provocaba Simone en mi

-       Siéntate, te invito a un café.
- Señor  Massen, no me puedo demorar.
- Por favor, Simone,  acepta el café y deja de decirme señor. No soy tan mayor. Tengo veintiuno  y
dime Marco.
- Esta bien Marco ¿me estaba esperando?
- En realidad si, yo te quería entregar algo -saqué el cuadro que había pintado esa noche- por tu cumpleaños, de verdad lamento que te enfermeras.
Me agradó la forma  como agrandó sus ojos  y exclamó su agradecimiento.
- Es hermoso, esta soy yo, parece un ángel.
-  Es porque lo eres- con mis palabras se sonrojó más.
- Gracias, es un bello regalo. No fue una gran idea ir al lago sin abrigo, tendré que iniciar mi fiesta de cumpleaños a medianoche de una manera distinta.
- ¿Medianoche? 
- Cumplo años el veinticinco de diciembre- que burla tan grande me hacía el destino; la mujer que me gustaba celebraba su cumpleaños en la fecha que más odio.
- ¿Qué sucedió? ¿Qué tenías?
- Me resfrié así de sencillo; mi nana se enfadó conmigo. Fue terrible
- Creo que ella me hace responsable de tu enfermedad; al otro día pregunté por ti en tu casa  y tu nana me miró feo.
- Lo siento, ella solo se preocupa por mí es muy sobreprotectora.

Así pase aquellas horas con ella. Hablamos  hasta tarde. No quería que la regañaran así que decidí acompañarla hasta su casa, esa misma noche me presentó a sus padres y a su nana, que siguió con la misma mirada de desagrado en el rostro. Pasaron los meses y no había día en que no hablara con Simone o saliéramos a alguna parte; se graduó del colegio y estaba ansiosa por estudiar música en la misma academia de arte en donde yo finalizaba mis estudios sobre pintura. ¡ Dios! Como amaba a Simone.

- Si la amas tanto, cásate con ella.
Me dijo una tarde mi madre mientras comíamos bizcochos en la cafetería  que se encontraba al frente del colegio de Simone. Ella deseaba conocerla, después de todo, mi madre era la única que conocía mis pensamientos y verdaderos sentimientos acerca de Simone; cómo ella invadía mis sueños y solo al evocar su voz, una sonrisa surgía en mi rostro. 

- ¿Casarme con ella?
- Si, creo que esta joven es especial y solo me baso en lo que me has dicho. Si, la amas de verdad cásate con ella.

No aguardamos mucho por Simone esa tarde; ella salió tan radiante como siempre. Mi madre la adoró, en el  primer instante y se hicieron buenas amigas.

Casarme con ella, estaba dispuesto a arriesgar mi libertad para estar al lado de Simone por siempre.

- ¡Marco despierta! Es otra pesadilla – la voz de Carmen me despertó.
- Lo siento, Carmen, cada vez se hacen más fuertes y seguidas.
- No te preocupes, solo relájate y respira. ¿Qué era lo estabas soñando?
- No quiero hablar de eso.

Cómo contarle a Carmen que estaba soñando con mi esposa muerta y la época en que decidí proponerle que uniera su vida a la mía. Yo no deseaba pensar en matrimonio ni con Carmen ni con alguna otra mujer. Simone siempre iba a ser la única.
Llevaba seis meses cortejando a Simone  y una tarde calurosa de junio la llevé a pasear al palacio de Versalles. Ese día le iba a declarar mi amor y a pedirle que se casara conmigo.

Todavía recuerdo el dulce olor de las rosas que se encontraban en el Jardín del Palacio mientras caminábamos decidí preguntarle.
- Simone  tengo que preguntarte algo muy  importante.
- Dime 
Me arrodillé frente a ella y saqué la pequeña caja que contenía un magnífico anillo de zafiro; reliquia familiar. Mi madre no se lo entregó a mi hermano mayor y lo guardó para mí.

- Me harías el hombre más feliz del mundo si te convirtieras en mi esposa
 ¿Aceptas? 
 Fueron los dos segundos más extenuantes mientras esperaba por su respuesta.
- Si, acepto- su rostro se iluminó al pronunciar las palabras que me hicieron el hombre más feliz del planeta.

Nos casamos a las dos semanas de la propuesta; todo se celebró en la mansión Ange, solo asistieron nuestros padres y la nana de Simone. Y después de la boda nos establecimos en la mansión como nuestro hogar. Ange, solo asistieron nuestros padres y la nana de Simone. Debido a nuestro apresurado matrimonio, Simone canceló por este semestre el ingreso a la  Academia de Arte y dedicarse por un tiempo a la vida en el sagrado matrimonio. La vida al lado de Simone era maravillosa, todos los días reía y pintaba cuadros más alegres. Simone cambió todo en mi vida; siempre salíamos al lago y mientras ella correteaba con el labrador dorado o cantaba con su voz de ángel, yo la pintaba y en ese instante cuando la observaba siendo tan feliz, surgió en mi una idea de que la debía proteger, que nadie debería ver a Simone. Fue tanta mi preocupación y deseo de resguardarla que compré un arma y la mantenía siempre conmigo. 
Pasaban los meses y siempre daba excusas para que ninguna persona nos visitara en la mansión. Alegaba enfermedades o viajes repentinos; tampoco permitía que Simone saliera sola, siempre tenia que estar conmigo.
- Marco ¿qué es lo que te sucede?- me pregunto Simone una tarde otoñal en septiembre.
- Nada, estoy bien.
- No me dejas salir de la casa sola, no he podido visitar a mis padres ¿crees que no noto tu extraña actitud?
- Simone, tengo que protegerte.
- Marco, despierta, estoy aquí ¿de qué me tienes que proteger?
- Prométeme que no me vas a dejar
- No lo haré, te lo prometo. Te amo, Marco.

No volvimos a tener esa conversación; Simone no se volvió a quejar ni a repetirme lo de las visitas, sabía que esa conversación me sacaba de quicio, así que ella lo dejó pasar por hacerme feliz. Nuevamente el invierno llego a la mansión Ange. Simone cayó enferma, el frío fue más intenso ese año y la afectó seriamente, aun así no deseaba llevarla a algún hospital y siempre viajaba a París a traer medicamentos. Hasta que una tarde el destino planeo nuestra separación.
¿Quién era ese hombre que abrazaba a Simone?  Detuve el carro no muy lejos para poderlos observar, ella sonreía. Ese extraño hombre quería arrebatarme a Simone. No lo iba a permitir, la furia y los celos rugieron en mi ser; tomé la pequeña pistola que nunca se encontraba lejos de mi alcance. Salí del auto apuntando el arma a la cabeza del tipo,  Simone gritó.
- Marco ¡detente!
- ¡ Simone aléjate!- el tipo la agarró del brazo.
No aguanté más y disparé. 

- ¿Que ha hecho? – el tipo se arrodilló al lado del cuerpo  que intentaba aferrase a la vida.
- Simone- fue lo único que dije y  caí desconsolado a su lado.- no la toqué.- intenté apartar al tipo.
- Usted no debería tocarla ¿cómo se atrevió hacer esto a mí hermana?

¿Hermana? Dios, qué había hecho. Mis celos y miedo a perderla me convirtieron en un psicópata. 

- Marco despierta, estoy aquí.- y con estas últimas palabras Simone, falleció en mis brazos.


- Hola Carmen, felices fiestas, ¿cómo está el paciente el día de hoy?
- Doctora Ginsell, felices fiesta para usted también; Gutiérrez y yo lo estuvimos vigilando toda la noche, estuvo  delirando por largo rato. Hablaba de sicólogos, mansiones, ¿labradores? Y no dejaba hablar acerca de un cuadro.
- Se me había olvidado que todavía no conoces bien el caso del señor Massen. Él era un artista en París y estaba preparando una exposición que giraba sobre un cuadro en particular.- respondió Gutiérrez.
- Se alejó tanto del mundo y se concentro tanto en su obra que comenzó a delirar y su madre lo interno en esta clínica. Eso fue hace dos años.- contó la Doctora Ginsell con pesar en los ojos hacía su paciente. 
- Increíble ¿ y como se llamaba el cuadro?
- La muerte de un ángel, así se llamaba,  ese cuadro fue el detonante para que este artista padeciera esquizofrenia. Los artistas entregados a su trabajo terminan padeciéndolo como el Señor Massen. Un caso catatonico crónico. – añadió Gutiérrez .
- Hay que hacerlo reaccionar.- enfatizó Simone con determinación.

La doctora Ginsell se acercó muy despacio a Marco y lo miró a los ojos.

- Marco, despierta, estoy aquí.

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