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/ / / / / A LA ANA MAGDALENA

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Resulta que con el tiempo descubriste la ventaja del anonimato que otorga vivir en una ciudad grande en donde en efecto, no eres nadie. ¿Quién iba a fijarse en ti entre veinte millones de habitantes? ¿Quién voltearía la mirada, entre la marabunta del metro Hidalgo a las tres de la tarde, al saco de huesos en el que de a poco te vas convirtiendo? Y sin embargo, ellos lo hicieron. Tu ninguneo ha fallado.

De-te-ni-da. Recién te procesaron y sonríes satisfecha porque aunque sabes que alguien habló de más, no tienes mucho qué perder a tu edad. Sin embargo, vas a echar de menos tu departamentito en la Roma y a tus dos gatos, los despertares con Guns and Roses y los Rolling Stones y jugar cuando se te dé la gana en plena madrugada. Vas a extrañar el olor de las mandarinas afuera de tu casa y comerlas de manera compulsiva entre octubre y febrero. Vas a exigir el tabaco y las mandarinas. Carajo, te detuvieron.

Casi te entregas con la elegancia que no posees y te apresan sin mayor problema a la salida del metro. Te tropiezas, como es costumbre, antes de abordar la patrulla. Tarareas Star way to heaven en el camino a quién sabe cuál penitenciaria.  La sentencia es clara y sencilla: Cinco años por complicidad en fraude cibernético. Cinco años por violar la Ley de Abuso y Fraude Informático. ¿Qué van a decir tus nietos,  Magdalena? Casi escuchas al menor de ellos “Mi abue la rockera es hacker y está presa”. Como si Adrián comprendiera lo que sí eres.

Miras de reojo y descubres a un policía sorprendido. Inaudito, te observa sin entender la sonrisa en tu rostro y tu brazo izquierdo lleno de más tatuajes de lo que le parece apropiado. “Vieja ridícula”, piensa. ¿Por qué no te quejas como el resto? ¿Por qué no intentas decir que eres inocente? ¿Por qué no apelas o no llamas a un abogado? Ingenuo. Si supiera que la adrenalina te mantiene viva, que esto se parece tanto a los videojuegos y ya en tu mente bosquejarás alguna estrategia para salir bien librada cuando tú consideres que es momento.

Las reminiscencias indican que todo comenzó hace 7 años con la muerte de tu esposo. Le lloraste lo que tenías qué y luego, no dejabas de hacerlo. Seis meses más tarde el psiquiatra diagnosticó depresión. ¿Qué esperaba? Habías compartido con él casi 40 años de tu mediocre vida y fuiste una conyugue como quién sabe si Dios manda: abriste las piernas una vez por semana, pariste tres hijos, te olvidaste de ti para criarlos y atender a tu marido y ahora tu existencia ya no giraba en torno suyo. Pasabas las horas tendida en cama, sin sentido alguno, marchitándote.

En navidad tu yerno, el que sí te cae bien, llegó con uno de esos cachivaches nuevos: una computadora y unas clases pagadas para aprender a usarla. Te negaste al principio y te quedó aguado el café por no fijarte mientras hacías coraje pero aceptaste. Fue la misma época en que volviste a escuchar la música de cuando joven y decidiste hacerte un primer tatuaje y luego otro, y uno más… y después no sabías cuándo parar. Nadie se cura de una obsesión, sólo se reemplaza por otra mayor.

Ahora que tu esposo se había ido y tus hijos ya no estaban en casa, decidiste que era tiempo para estar contigo y la computadora dejó de estar arrumbada para transformarse en el objeto que usabas con mayor frecuencia y con el que –debes aceptarlo- establecías charlas igual que con tus gatos. Siempre has sido todo un caso, Magdalena. Tanta soledad te llevó a un semi-delirio.

Terminaste aquel cursillo de computación básica y decidiste seguir por tu cuenta. Devoraste un libro tras otro al respecto mientras mantenías conversaciones con gente conocida a través de internet y gastabas tus noches en videojuegos que ibas encontrado. Tu cuerpo se impregnaba de sudor en largas jornadas frente a un aparato que ya no era en lo absoluto ajeno.

Dos años después, dieron inicio tus intentos por aprender programación. Las cáscaras de mandarina y las colillas de cigarro se regaron por tu cuarto y no había quién le diera de comer a tus dos gatos. No obstante, tú engullías tutoriales avanzados y creabas tus primeras aplicaciones e ibas más allá de lo imaginado. Y entonces, a las 4 de la mañana (esa hora en que no sabes si es demasiado tarde o muy temprano) de un jueves cualquiera y mientras comprabas la actualización de Age of Empires, ocurrió: descubriste la forma de clonar una tarjeta de crédito. Y por supuesto, no paraste. La adrenalina era una droga para tu envejecido cuerpo. Las palpitaciones iban en aumento.

Había que disimular, por supuesto. De vez en vez arreglabas la casa, barrías la banqueta e inclusive saludabas a los vecinos con mirada de aquínopasanada. No había quién sospechara. Tú que nunca te habías empleado más allá de las labores domésticas,  ahora tenías una oferta de trabajo.

Luego de saber cómo encriptar tus pequeños actos delictivos y hallar un sobrenombre para ser ubicada, alguien del sur te pidió que buscaras información a cambio de una no muy despreciable cantidad de dinero. Y lo hiciste y lo hiciste muy bien. Depositaron a una cuenta y listo. Después, ocurrió lo mismo y no tuviste reparo en continuar con ello. No sabías para quién trabajabas, ni ellos cuál era tu identidad verdadera.

Comenzaste a sospechar cuando las sumas incrementaron y los encargos se hicieron extraños pero ya era un poco tarde para negarte: se trataba de un cartel. El cartel del Golfo, supusiste. Si ya estabas dentro, al menos harías formidable tu desempeño y serías una free-lance como hacker.

Habían pasado casi cuatro años desde tu inicio en la computación y te jactabas como nadie y como nunca de lo lista que sí eras y del desperdicio por no haberlo puesto en práctica los años anteriores. Aún te pegabas en el dedo meñique con los muebles, con frecuencia seguías olvidando pagar la luz o el agua pero quién te hubiera visto todo el día con tu entonces ya profesional lap-top y el renombre y la leyenda que construías en el ciber-espacio.

Con el transcurrir del tiempo, decidiste jugártela a lo grande. Hackeabas a los hackers y ni a licenciaturas habías llegado. Las pequeñas transferencias de dinero aumentaron exponencialmente y distribuías información ya no sólo para cárteles mexicanos. No le eras fiel a alguno, no había exclusividad, tú hacías lo tuyo. Vamos: habías dejado el tabaco porque ya no era necesario cuando el sudor recorría tu cuerpo luego de un exitoso fraude o de salir librada después de entrar a un sistema indebido. Nar-co-tra-fi-can-te. O algo así o afiliada porque tú no te ensuciabas las manos.

Habías olvidado los achaques y los tatuajes pero hacías el intento por conservar una vida normal ante cualquiera. No es que te hiciera falta el dinero pero te sentías útil y apreciada por primera vez, te emocionaba la destreza poseída, tu agilidad única y el genio en sistemas que no podían imaginar que fueras. Sesenta y tantos años a cuestas y la vivacidad y la mente intacta.

Pero entonces, te detuvieron. ¿Cómo te habrán de mirar otros cuando estás en la cúspide de tu carrera? ¿Cómo deberías de mirar al policía que te juzga en tu celda?

“Mujer de 65 años es detenida. Caso insólito: fraude cibernético en complicidad con el Cartel del Golfo” tanto para tan poco, piensas para tus adentros. Y tus preocupaciones son otras: dejaste el arroz sobre la estufa con el fuego alto, alto, alto. Una proeza de arroz a la Ana Magdalena: quemado.

Flor Zavala
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